"La sala de consejos es un lugar de tentación. Tú también eres vulnerable," me advirtió con bondad un hombre de Dios en 1968 cuando comencé a aconsejar. Formaba parte del consejo que él le daba a todos los ministros jóvenes. Pensé que estaba loco o que tal vez no entendía el poder de Dios ni la importancia del ministerio. Yo salía a conquistar el mundo para Cristo, y este hombre me decía que debía que cuidarme. Pero ya después de casi 28 años de ministerio ininterrumpido, soy yo quien dice a los jóvenes ministros (y a cualquier otra persona que aconseja): "Eres vulnerable". El ministerio de la consejería es un campo minado.
Hablemos con claridad: Es peligroso aconsejar a una persona del sexo opuesto. Existe el riesgo de enamorarse de una mujer que pide consejos--o de un hombre, según el caso. No es un fenómeno cultural. Lo hemos visto suceder tanto en los países del continente latinoamericano como en Australia, Inglaterra, Austria, Africa y EE.UU. En forma breve, menciono sólo algunos de los casos de que hemos sido testigos o hemos sido llamados a solucionar.
* La mujer de un pastor estaba atravesando por una etapa difícil; ser esposa de un pastor no era lo que ella esperaba; no sabía cómo actuar. Estaba deprimida. Llamaron a otro pastor para que la aconsejara, y así lo hizo. Después de algún tiempo se enamoraron.
* Un gran amigo mío, pastor, consejero y excelente expositor de la Palabra de Dios no creía ser vulnerable. "Mi matrimonio es fuerte; yo soy fuerte; Dios es fuerte," decía mi amigo. Tenía la costumbre de orientar mujeres a solas a puertas cerradas. No es por demás que Pedro nos exhorta a ser sobrios y alertos (1 P. 5:6-7); nuestro adversario busca oportunidades, oportunidades que nunca encontraría si estuviéramos siempre sobre aviso.
Todo sucedió durante una época cuando los problemas personales se habían amontonado. Su hija adolescente, la niña de sus ojos, les anunció que estaba embarazada. Por estar tan ocupados en el ministerio, inconscientemente él y su esposa se habían ido distanciando el uno del otro, hasta el extremo de llegar a una seria riña. Además la iglesia estaba pasando por tiempos difíciles. Son circunstancias idóneas para el león rugiente. Con los problemas de la hija y la esposa todavía no resueltos, llegó una joven esposa pidiendo consejos para sus problemas matrimoniales: "Mi esposo no me entiende, me trata mal, no me toma en cuenta". Luego de pocas sesiones de consejos, cayeron en adulterio. Después, arrepentido, mi amigo exclamó: "Pensaba que nunca me podría suceder semejante cosa".
* Este próximo ejemplo demuestra que no solamente pasa con los varones. Un día durante un campamento la esposa de un diácono, pidió hablar con mi esposa y conmigo. Como parte del ministerio de su iglesia, visitaban a los presos. Me supuse que se refería a la cárcel de mujeres. Pero no; ella formaba parte de un equipo que visitaba fielmente a la cárcel de varones. Empezó a ministrar a un preso en particular, y después de varias visitas, se había enamorado de él, según nos dijo.
Podría relatar historia tras triste historia de predicadores, pastores, ancianos, diáconos, consejeros y hasta psicólogos que se han enamorado locamente de mujeres ajenas, generalmente al intentar ayudarles. ¿Por qué? Espero que mi explicación sea de ayuda preventiva en el ministerio de muchos.
La Biblia dice en Gn. 1:28: "Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra". El encargo de fructificar y multiplicarse fue dado en plural y no singular. Fue entregado a los dos, al hombre y a su esposa. La tarea iba a ser parte del acto matrimonial. Estoy convencido de que el proceso de solucionar problemas forma parte de lo que se hace en el matrimonio. Cuando dos personas están resolviendo conflictos, se están abriendo, están profundizando su relación. Se crea un vínculo del alma de una de las personas al alma de la otra. Es lógico que se admiren, se vayan conociendo mejor, y comience una amistad íntima. Combinando este principio con el énfasis de hoy en las relaciones sexuales, terminamos con una situación explosiva y peligrosa.
Cuando estoy orientando a una mujer que tiene problemas matrimoniales, parezco el perfecto esposo, padre y amante; y ella imagina que soy todo lo que falta en su vida. Es más, el consejero como siervo de Dios siente simpatía por la mujer y se le cruza por la mente que él mismo podría contentarla si sólo tuviera la oportunidad. La Biblia dice: "Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón" (Pr. 4:23).
Acabo de recibir una extensa carta que ilustra lo que estoy diciendo. Es de un hombre que intentó ayudar a una mujer que estaba experimentando problemas en su matrimonio.
"...ella sufría maltratos, humillaciones y engaños por parte de su esposo...en esa época traté de ayudarlos...el tiempo pasaba y las cosas no mejoraban...ella no tenía motivación para vivir. Yo le di todo mi apoyo, la trataba de alegrar, la trataba con respeto, cariño, etc. Ella empezó a confiar en mí...me tomó como ejemplo; el cariño de amigos fue creciendo en su corazón.
"Dios sabe que quise poner punto final a esta situación, pero ya nada funcionaba porque en mi también nació el amor...no paraba el mar de sentimientos que habían florecido en nuestros corazones.
"A veces me arrepentía por todo lo que ocurría, pero lo que nos unía era permanente, latente en nuestras miradas. Así que caí y me enamoré profundamente de ella, tanto que hoy permanece constante en mis pensamientos y mis sueños."
La carta concluye con una triste pregunta: "¿Por qué tengo que sentir tanto amor hacia la persona que no debería?"
¿Cómo, entonces, se puede guardar el corazón y además continuar el ministerio de aconsejar bíblicamente?
1) Que las mujeres aconsejen a las mujeres y que los varones aconsejen a los varones. En muchas congregaciones todos desean ver al pastor. Es hora de entrenar a mujeres santas, "reverentes en su conducta, no calumniadoras, ni esclavas del mucho vino, que enseñen lo bueno" (Tit. 2:4) para orientar a las mujeres con problemas.
¿Habrá excepciones? Posiblemente, pero que la esposa del pastor o consejero esté siempre presente cuando se presenten las excepciones.
2) Que el cristiano tenga la seguridad de que está aconsejando con la Biblia. Para no pasar incontables horas resolviendo problemas es imperioso basar en la Palabra de Dios. Un problema que noté inmediatamente en la carta que cité, es que este hombre no empleaba la Biblia en sus consejos--no tenía un fundamento, una base sólida. Cuando me baso en la Biblia no será necesario pasar tantas horas para resolver los problemas.
3) Valerse de grupos para solucionar problemas. La Biblia indica que parte del ministerio de la iglesia es orientarnos, aconsejarnos, animarnos, exhortarnos, amonestarnos unos a otros (Ro. 15:1,14; Gá. 6:2; He. 10:24-25). En nuestra iglesia existe un grupo de ex presos que cuentan con infinidad de problemas de ex esposas, actuales esposas, embrollos financieros, "amigos" del pasado, etc. Se reúnen una vez por semana para estudiar la Biblia y orar y ayudarse mutuamente.
Además en nuestra congregación existe un grupo llamado "Tito 2". Estas mujeres se reúnan con la esposa de uno de los ancianos una vez por semana para crecer espiritualmente, solucionar problemas personales (muchas veces tienen que ver con sus maridos) y aprender cómo ser buenas esposas en todos los aspectos.
4) Que en la iglesia se formen grupos de consejeros. Cuando el ministerio es compartido entre varios, nadie se sentirá abrumado ni por la cantidad ni por la profundidad de los problemas de los aconsejados. En nuestra iglesia hay un mínimo de 15 parejas que de una manera u otra están aconsejando a otros miembros con problemas.
5) Que cada consejero forme parte de un grupo que se reúne semanalmente y allí dé razón de sus acciones. La idea es cortar por lo sano cualquier problema antes que tenga la oportunidad de florecer.
Repito la advertencia: el ministerio de la consejería puede ser de bendición para mucha gente, pero es un campo minado.
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